También conocida como “12 hombres enojados”, “12 hombres en pugna” o “12 hombres sin piedad”. Supongo que entenderán por qué coloqué aquí su título original.
De Sydney Lumet. ¡Si! El mismo de “Antes que el diablo sepa que estás muerto”, film con Ethan Hawke y Philip Seymour Hoffman.
Y, tal vez para sorpresa de algunos, hablamos de una película de 1957, de un hombre que nació en la década del 20 (1924) y que no sólo ha tenido una carrera prolífica (llena de altos y bajos); sino al cual en el 2004 se le entregó un Oscar Honorífico por su trayectoria.
No parece estar de más decir que Sydney Lumet fue antes que director, actor y que se crió (por decirlo de alguna forma) en el “Actor`s Studio”. Escuela de actuación a la cual le debemos agradecer varias películas y varios profesionales de la actuación. Escuela que con la mano de Lee Strasberg seguía los pasos de las enseñanzas de Stanislavsky, sólo que en Norteamérica y ya no pensando en el teatro (no solo), sino que también en eso del séptimo arte.
En fin. Hablamos de la Opera Prima (la primera película) de Sydney Lumet. ¡Y qué Opera Prima!
Henry Fonda (no Peter Fonda, el de “Easy Rider”) era ya un actor con trayectoria y, junto al guionista Reginald Rose se lanza a producir una película. Pero ¿Quién dirige?
Se habla de un joven que (ha trabajado en televisión) es un excelente director de actores: Lumet.
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A partir de éste se irá conformando lo que será un elenco de excelencia: Henry Fonda, Martin Balsam, John Fiedler, Lee J. Cobb, E. G. Marshall, Jack Klugman, Edward Binns, Jack Warden, Joseph Sweeney, Ed Begley, George Voskovec, Robert Webber.
Pero bueno, tanto nombre y tanta cháchara… Además muchos a ésta altura ya saben que se puede tener un gran elenco y que el resultado no funcione. ¿Debido a qué? Uno se puede imaginar múltiples explicaciones: desde problemas “de ego”, hasta cuestiones de dinero, mal humor, mala organización y (en esto me he encontrado pensando frente a varias películas) mala dirección de actores.
¿Es este el caso? ¡No! ¡Las actuaciones son brutales! Amparadas por un (como mínimo) inteligentísimo guión de Reginald Rose. Guión que logra ser dinámico y entretenido, brillante y emocional, profundo sin dejar de tener en cuenta nunca a lo superficial.
Y aquí va otra loa: a Boris Kaufman, el fotógrafo. que logra sacarle un jugo increíble tanto a nuestra “escena” como a esos rostros tan disímiles y expresivos.
Pero claro, hay algunas cosas que aún no se entenderán. ¿Qué tanta cosa? Hablamos de una película que se da, exceptuando una primera escena, toda en una sola habitación. No es un ejercicio sin cortes (como hubiese hecho Hitchcock con su “Soga” si no hubiese tenido que cortar cada ocho minutos), pero sí claustrófobico para (los personajes de) los jurados, al menos: hartos, con calor, ganas de irse y… como no mejor podría expresar un título… Enojados.
La sinopsis (voy haciendo este comentario al revés… jeje) consistiría en algo así. Nos encontramos en un prominente edificio judicial. Después de recorrer un poco, por dentro el mismo, nos encontramos con un juicio. Y la premisa argumental será bien clara. Hay que determinar si el acusado cometió homicidio o no. Si se lo encuentra culpable, irá a la silla eléctrica. La corta escena termina con un primer plano de este joven de 18 años… El cual está hecho para que nos resuene toda la película, para que tengamos en claro de qué se trata todo esto.
Así pues, el jurado (aparentemente elegido al azar, constituido por hombres de los cuales no sabemos sus nombres) se reunirá en la habitación donde nos quedaremos. En un principio la cuestión se presenta como fácil: Todos tienen ganas de irse y se decide votar. Los que piensen que el acusado es culpable, que levanten la mano. 11 de éstos 12 hombres la levantan. Pero uno no. ¿Quién?: Henry Fonda. ¿Por qué?
Porque hay algunas cosas que no le cierran del todo. Tiene dudas y quiere hablar. Tiene en cuenta que en juego está la vida de este muchacho (al cual se acusa de haber asesinado a su padre) y la idea de mandarlo a la silla eléctrica tan fácilmente no le es demasiado agradable. Al menos no con tanta ligereza. Surgirá una “duda razonable”; y, algunas cosas “obvias” empezarán a resquebrajarse como tales.
Ahí lo tienen, de eso se trata. Tómenlo o déjenlo. Yo creo que lo genial de esta película no está sólo en las actuaciones, sino en el conflicto “ético” y/o “moral”, en el pensamiento sobre el pensamiento “verdadero”, “científico” u “objetivo”. En la dinámica que se dará entre doce hombres muy distintos que, a pesar de sus ganas o intenciones, se ven juntos y debatiendo. También, creo que es muy importante la posición que se le da al espectador en la película: somos un juez más, al menos, si así lo queremos ver.
Película muy cinematográfica en su forma; con un ritmo loable; unas premisas interesantísimas; una conflictiva que tal vez sintamos (al día de hoy) ya vista, pero que está tratada de una forma que, creo, puede sernos muy original. Dan cuenta de todo esto diversos premios internacionales, incluyendo el Oso de Oro (de Berlin) para el novicio director.
Todavía estoy dudando cómo clasificarla “internamente”. ¿”Peliculón” u “Obra Maestra”?
Creo que ya ha quedado bastante claro. Se las recomiendo encarecidamente.
Pero bueno, tanto nombre y tanta cháchara… Además muchos a ésta altura ya saben que se puede tener un gran elenco y que el resultado no funcione. ¿Debido a qué? Uno se puede imaginar múltiples explicaciones: desde problemas “de ego”, hasta cuestiones de dinero, mal humor, mala organización y (en esto me he encontrado pensando frente a varias películas) mala dirección de actores.
¿Es este el caso? ¡No! ¡Las actuaciones son brutales! Amparadas por un (como mínimo) inteligentísimo guión de Reginald Rose. Guión que logra ser dinámico y entretenido, brillante y emocional, profundo sin dejar de tener en cuenta nunca a lo superficial.
Y aquí va otra loa: a Boris Kaufman, el fotógrafo. que logra sacarle un jugo increíble tanto a nuestra “escena” como a esos rostros tan disímiles y expresivos.
Pero claro, hay algunas cosas que aún no se entenderán. ¿Qué tanta cosa? Hablamos de una película que se da, exceptuando una primera escena, toda en una sola habitación. No es un ejercicio sin cortes (como hubiese hecho Hitchcock con su “Soga” si no hubiese tenido que cortar cada ocho minutos), pero sí claustrófobico para (los personajes de) los jurados, al menos: hartos, con calor, ganas de irse y… como no mejor podría expresar un título… Enojados.
La sinopsis (voy haciendo este comentario al revés… jeje) consistiría en algo así. Nos encontramos en un prominente edificio judicial. Después de recorrer un poco, por dentro el mismo, nos encontramos con un juicio. Y la premisa argumental será bien clara. Hay que determinar si el acusado cometió homicidio o no. Si se lo encuentra culpable, irá a la silla eléctrica. La corta escena termina con un primer plano de este joven de 18 años… El cual está hecho para que nos resuene toda la película, para que tengamos en claro de qué se trata todo esto.
Así pues, el jurado (aparentemente elegido al azar, constituido por hombres de los cuales no sabemos sus nombres) se reunirá en la habitación donde nos quedaremos. En un principio la cuestión se presenta como fácil: Todos tienen ganas de irse y se decide votar. Los que piensen que el acusado es culpable, que levanten la mano. 11 de éstos 12 hombres la levantan. Pero uno no. ¿Quién?: Henry Fonda. ¿Por qué?
Porque hay algunas cosas que no le cierran del todo. Tiene dudas y quiere hablar. Tiene en cuenta que en juego está la vida de este muchacho (al cual se acusa de haber asesinado a su padre) y la idea de mandarlo a la silla eléctrica tan fácilmente no le es demasiado agradable. Al menos no con tanta ligereza. Surgirá una “duda razonable”; y, algunas cosas “obvias” empezarán a resquebrajarse como tales.
Ahí lo tienen, de eso se trata. Tómenlo o déjenlo. Yo creo que lo genial de esta película no está sólo en las actuaciones, sino en el conflicto “ético” y/o “moral”, en el pensamiento sobre el pensamiento “verdadero”, “científico” u “objetivo”. En la dinámica que se dará entre doce hombres muy distintos que, a pesar de sus ganas o intenciones, se ven juntos y debatiendo. También, creo que es muy importante la posición que se le da al espectador en la película: somos un juez más, al menos, si así lo queremos ver.
Película muy cinematográfica en su forma; con un ritmo loable; unas premisas interesantísimas; una conflictiva que tal vez sintamos (al día de hoy) ya vista, pero que está tratada de una forma que, creo, puede sernos muy original. Dan cuenta de todo esto diversos premios internacionales, incluyendo el Oso de Oro (de Berlin) para el novicio director.
Todavía estoy dudando cómo clasificarla “internamente”. ¿”Peliculón” u “Obra Maestra”?
Creo que ya ha quedado bastante claro. Se las recomiendo encarecidamente.


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